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¿Y si estoy a gusto en mi zona de confort?

Paco era feliz y estaba agradecido con la vida. Sonreía al espejo cada mañana y pensaba en la suerte que tenía. Una mujer maravillosa, dos hijos divertidos y a la vez responsables, y un trabajo en el que se sentía realizado y bien remunerado. “Si esta es mi zona de confort, quiero quedarme a vivir aquí para siempre”, se decía.

Salir de la zona de confort, otra de esas dichosas modas, como regalar yogurteras en los 80, que no iba con él. Quizá tuviera sentido para alguien insatisfecho con su existencia, no era su caso.

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El reto más importante de la gestión del trabajo en remoto

Antiguamente hablábamos de la gestión del trabajo en remoto cuando los miembros de nuestro equipo estaban geográficamente dispersos. Hoy en día esta denominación se utiliza además para el trabajo desde casa.

No quiero entrar en las diferencias entre los dos escenarios, sino en las semejanzas, y en concreto una. En ambos casos cuando media la distancia física se hace más necesario cuidar un factor crítico en todos los equipos y organizaciones, y, en definitiva, en todas las relaciones. Hablo, por supuesto, de la confianza.

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Vacaciones y autónomo, ese imposible binomio.

Presumía, cuando vivía al amparo de mamá multinacional, de mi gran capacidad para desconectar en vacaciones. Hubo incluso momentos de mi vida en que mi teléfono tenía que estar disponible 24×7 y era capaz de pasar de un instante de máximo estrés a uno de total relax en cuestión de segundos, lo que tardaba en colgar tras cerrar un problema si me llamaban en mis días de descanso.

Pero, ¡ay amigos!, qué ingenuo era mi yo antiguo pensando que esa capacidad podría extrapolarla a cualquier situación, en cualquier lugar. No sabía aún lo que eran las vacaciones de un autónomo. Ahora que lo sufro en mis carnes, ha cambiado mi percepción del descanso, eso sí, me lo tomaré con humor.

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Lo importante no es participar, sino ganar-ganar

En los últimos meses tenía una pequeña preocupación: no me gustaba lo mal que encajaba las derrotas mi hijo. Yo, que voy de padre superguay, no tenía consciencia de haberle inoculado el virus de la competitividad, así que mi preocupación la hacía extensiva a la raza humana. ¿Es posible que traigamos este afán por ganar de serie? ¿Cómo es posible que un niño de 3 años, con toda su inocencia, se pille estos disgustazos cuando pierde aunque sea jugando a encestar piñas secas en una papelera?

Observando a los niños y niñas de su clase me di cuenta de que el mal estaba extendido, y me estaba convenciendo a mí mismo que los seres humanos tenemos este gen competitivo innato, no era una conclusión muy halagüeña, pero en cierto modo me tranquilizaba porque me exoneraba a mí de la responsabilidad como educador. Fue entonces, mientras España perdía contra Italia en el fútbol, cuando miré a mí alrededor y fui consciente de la información que como sociedad trasmitimos a las pequeñas esponjas que son nuestros hijos.

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