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Aprende a delegar, aprende a confiar

El verano es esa época en la que a algunos jefes se les empieza a ver más incómodos de lo normal. No por la ausencia de aire acondicionado en la oficina, ni por el hecho de salir con corbata a la calle en plena ola de calor, simplemente porque les toca una año más acometer el mayor de los retos que pueden afrontar… delegar.

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Ciertamente hay managers que no llevan muy bien lo de transferir sus funciones aunque sea por un breve espacio de tiempo. Se les reconoce porque son los que durante todo el año van siempre a toda velocidad, porque comen mal y rápido, y porque se quejan constantemente de la falta de tiempo. Su familia les ve más en foto que en persona y cuando se les habla de conciliación describen periodos de más de seis meses como “picos de trabajo”.

Pero a pesar de que ellos puedan pensar que estos males que les aquejan se deben a la complejidad de las funciones que desempeñan, a su trascendencia, o a su cualidad de insustituibles, la realidad es que todo se reduce a una cuestión de confianza.

¿Por qué lo llamamos delegar cuando deberíamos llamarlo confiar? Mi teoría es que “confiar” es una palabra con tanto peso que resulta una carga difícil de gestionar. Es muchísimo más fácil reconocer que “no soy muy bueno delegando” a decir “no confío en mi gente”. Y ese el quid de la cuestión, la pregunta que todo manager debe hacerse inicialmente cuando no es capaz de delegar es “¿me cuesta confiar en la gente o es que mi gente no es de confianza?”. En el segundo caso, que si el análisis es bueno no debería ser muy común, quiere decir que hay una serie de medidas que debo acometer con urgencia. Sin personas de confianza un equipo nunca llegará a tener éxito.

Lo más normal es que el problema de fondo sea que nos cuesta confiar. Así que reconocerlo será el primer paso. No es algo que nos convierta en malas personas ni mucho menos, todos tenemos nuestros miedos, y detrás de la desconfianza simplemente hay eso: temores. Nuestra misión es analizar, con sinceridad y con profundidad, cual es el nuestro. Si nos quedamos en la superficie todos diremos lo mismo: “quiero asegurarme que el cliente no se vea perjudicado en mi ausencia” es decir, desconfío porque soy un empleado altamente comprometido. Esa es la solución fácil, y aunque haya parte de verdad, normalmente hay algo que se esconde que está más ligado a nosotros mismos.

Delegar, confiar es asumir que hay modos distintos de hacer las cosas al modo en que las hacemos nosotros, que quizás haya alguien que pueda desempeñar mejor mi labor, que la falta de experiencia de mis subordinados sólo se cura con práctica, que errar es algo que puede suceder y que es humano, que soy prescindible (esta es dura) , que el modo de trabajo que nos hace más eficientes no tiene por qué ser también el modo que hace más eficientes a los demás, que a veces una bajón temporal en los resultados en la mejor inversión para conseguir una mejora a largo plazo. Confiar no es desde luego pasar sólo las “mierdas” que nosotros ya estamos cansados de hacer, por ir adelantando algo.

A mí lo que más me costaba, mi miedo, era asumir que las cosas se hicieran de un modo diferente, o, desde mi punto de vista, sin tanto cuidado por el detalle como lo hacía yo. Con el tiempo descubrí que inculcar un modo único de hacer las cosas produce un riesgo mayor, el desapego del que asume tus funciones con el procedimiento. Cuando hago algo de un modo porque me lo han impuesto, si fallo, el fallo no estará en mí, sino en el procedimiento. Aprendí que es importante mostrar el modo en que tú haces las cosas, pero que delegar, es decir, confiar significa que es el otro el que tiene la última palabra a la hora de decidir cómo hacerlo. Porque aunque tengas una voz maligna que cuando falla te diga por dentro “¿lo ves?, ya lo sabía yo”. Lo cierto es que aun habiendo errores, cuando alguien los comete a su manera, también después les resulta más fácil solucionarlo (y ponen más ahínco en hacerlo).

En resumen, esto de delegar es como enseñar a tu hijo a montar en bici. Debes asegurarte que proporcionas un casco y demás protecciones, pero en algún momento debes soltar el sillín para que pedaleen solos… y si se caen, debes estar cerca para ayudarles a que se pongan en pie de nuevo, nunca prohibirles montar de nuevo. Aunque te duela ver sus golpes, mucho más les duelen a ellos.

Ya sabes, es sencillo, analiza de donde procede tu desconfianza, donde se encuentra tu miedo, y combátelo del único modo que hay, haciéndole frente.

Delegar es confiar. Y cuando confías en tu entorno, tu entorno crece.

Jesús Garzás

2 Comments

  1. Muy bueno el post Jesús y uno de mis temas favoritos. Sólo quería hacer dos reflexiones, no dejemos la delegación sólo para el verano; cuando un jefe delega crece porque, entre otras cosas, se quita cosas de su plato y tiene más ancho de banda para afrontar otras cosas.
    Y segunda, no hay delegación sin control, cuando delegas no das un cheque en blanco, entregas un proceso o una parte del proceso para que lo ejecute otro en tu lugar; pero sigue siendo tu responsabilidad como jefe controlar que los entregables, o los milestones que definas en función del delegado, tengan la calidad definida. Esto contribuirá a reforzar tu confianza en el delegado y la de éste en sí mismo.
    Buen verano a todos!

    • Muchas gracias por tu comentario!!. Tus reflexiones son dos aportaciones muy buenas que complementan el post y muy bienvenidas. La delegación desde luego no es sólo cosa del verano (aunque a mí me haya venido bien para sacar el tema a colación). Y el control es necesario, claro, pero yo quería dar más importancia a la confianza. En mi símil del padre enseñando a su hijo a montar en bici, el control iría implícito en seguirle con la vista y ayudarle si cae… y, cuidado, el control excesivo sería no soltar nunca el sillín

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