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El coaching no es la  purga de Benito.

A lo mejor sólo me sucede a mí, a lo mejor son mis propios prejuicios e inseguridades, pero lo cierto es que, cuando me tengo que describir en alguna red social o me presento a alguien, digo que soy coach cada vez con la boca más chica, tanto que estoy a un paso de no decirlo y ponerme a silbar.

Que nadie me malinterprete, me encanta el coaching y estoy orgulloso de haberme formado como coach. En mis contadas horas de vuelo he visto unas cuantas veces como el brillo volvía a unos ojos apagados o la determinación y el brío  se apoderaban de un cuerpo que hasta entonces parecía inerte y cansado. Pero entonces… ¿Por qué me da tanta pereza decir que soy coach?

 

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En los últimos tiempos el término coach  está muy manido  y se usa demasiado a la ligera,.  En la tele, comienza ser tan difícil encontrar un reality sin “coach” como una tertulia de Telecinco con educación.  Sin embargo, el mundo de la televisión es así, se suma a una moda y la exprime hasta el agotamiento.

Personalmente y sobre todo en el contexto de este blog, lo que realmente me preocupa es el  uso inadecuado que se le da en el mundo de la empresa.  Hay mucha desinformación al respecto y la mayoría de los empleados que solicitan “coaching” lo hacen porque  está en boga y pensando  que realmente aquello es la purga de Benito.  Imaginan la figura del coach como una especie de Sr. Lobo en Pulp Fiction: “Hola soy Mr. Coach, soluciono problemas” sin tener en cuenta la índole de los mismos y, sobre todo, sin tener en cuenta que las soluciones siempre las posee el coachee  no el coach.

En mi experiencia dentro del área de desarrollo de RRHH, cuando alguien solicita un coach la mayoría de las veces lo único que necesita es una persona que le escuche con verdadero interés  o simplemente un mentor… vamos, que su “problema” podría solucionarse con recursos internos.  Lo que ocurre es a veces el manager cede a las peticiones de su empleado de alto potencial simplemente porque eso es más fácil que escucharlo, la persona de Recursos Humanos transige con la petición del manager por no complicarse la vida con escalados, y el coach acepta el trabajo porque por muchos motivos  es difícil decir que no a una “buena compañía”.

A veces siento que la proliferación sin control de coaches ( o lo que es más peligroso  “los pseudo coaches con su excelsa formación de una semana”) y la moda de su uso como panacea de cualquier mal puede ser un arma de doble filo. Cuando esto sucede, lo que estamos haciendo entre unos y otros, es una apuesta por el corto plazo, y, aunque no necesariamente, eso puede  impactar negativamente a la larga.  Lo que no me cabe duda es que la mejor publicidad para el coaching son los procesos que acaban con la satisfacción de todos los participantes. Por eso la elección de los clientes adecuados por parte del coach y una mayor información y conocimiento de la cultura coaching por parte de la empresa se me antojan indispensables no ya sólo para su normalización dentro de la sociedad y las grandes sociedades sino para su supervivencia a largo plazo.

Definitivamente hay sitio para el coach en las buenas compañías,   por  ejemplo bien necesita ese tipo acompañamiento neutral la soledad y el efecto Fairy  del líder (prometo hacer un post en el que explique esto), pero cometeremos un error si entre todos adjudicamos al coaching un papel que corresponde más a charlatanes que a profesionales generosos en  esfuerzo y esencia, el de la purga de Benito.

Jesús Garzás

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