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Gestión consciente de la influencia

La gestión de la influencia es una competencia transversal. Y para todos. Partamos de esta base, porque algunas personas no lo tienen claro. La jerarquía, el carácter, la autoestima, y algunos factores más, modulan su intensidad y definen su radio de acción, pero nadie está exento de la obligación de gestionar su influencia. Porque, consciente o inconscientemente, está ahí.

Creo que todo el mundo ha visto alguna vez (o decenas de veces) “Qué bello es vivir”. Y como el ángel de segunda clase Clarence le demuestra a George Bailey, la vida de cada uno de nosotros influye en la de que nos rodean en un modo que ni llegamos a imaginar. Vale, no puedo decir que esto sea una prueba empírica que dé validez a mi opinión, ni me quiero poner tan trascendente como en la película, pero sí tajante para volver a afirmar que todos tenemos un circulo de influencia que debemos gestionar, conscientemente, para el beneficio de lo demás, e incluso, en ocasiones, para el propio.

 

influencia

 

Siempre he afirmado (y lo tengo apuntado como posible post) que una de las competencias más necesarias en un gerente es la de sabe tragar saliva. Las palabras en caliente son un ejemplo claro de influencia inconsciente.

Porque desgraciadamente el hecho de no gestionar la influencia no quiere decir en absoluto que dejemos de ejercerla. En un manager está realidad es muy patente, y el que no se de cuenta tiene un largo camino de aprendizajes (y frustraciones) por delante.

Sin embargo, para la mayoría de las personas, managers ingenuos o profesionales de a pie, parece que esto de la gestión consciente de la influencia no vaya con ellos. A veces es baja autoestima (y esto merece ser tratado aparte), pero normalmente es una cuestión de comodidad: es muy fácil ir por la vida sin pensar en el impacto que el peso de mis palabras o de mis acciones pueda tener a los demás. Si además refuerzo este argumento con frases del tipo: “yo es que soy muy natural”, “me gusta decir lo que pienso”, o, la expresión más temida por mí, el oxímoron “honestidad brutal” …. ¿Para qué queremos más?

La honestidad no es incompatible con la empatía. La honestidad, siendo uno de los valores más admirables, si no va acompañada de un mínimo de inteligencia emocional, se convierte en un ejercicio de egoísmo y agresividad (brutal).

Vivimos en ecosistemas sociales, donde mantener el equilibrio (y con él la supervivencia) depende en gran parte de la gestión consciente (y altruista – dato importante) de nuestra influencia. No hay más que ver un grupo de whatsapp de padres de un colegio, para comprender que cualquier chispita egoísta, por pequeña que parezca, puede ser suficiente para provocar un incendio.

Sí, lo sé, tenemos una necesidad ardiente de ventilar nuestros problemas y de dar salida a nuestras frustraciones. Pues bien, hagámoslo, pero con cabeza. Conscientemente. Buscando interlocutores que me vayan a proporcionar una salida constructiva, no un desahogo estéril.

Si hay algo que se propaga más rápido que los virus, son los estados de ánimo.

Políticos que no gestionan su influencia (o, peor, la gestionan con cero altruismo), ciudadanos que no son conscientes de ella, y redes sociales como instrumento de propagación… ¿Os suena?   Parece que esta mezcla no sea muy constructiva para la sociedad, ¿verdad? Pues extrapolemos estos roles a la empresa y empecemos a ser consciente de nuestra responsabilidad, la de todos.

Una buena gestión consciente de la influencia nos sitúa como actores principales en nuestro entorno, y no como sujetos pasivos. Nos convierte en protagonistas a la hora de construir ese ecosistema laboral que muchas veces demandamos sin asumir nuestra responsabilidad o sin percibir nuestra importancia. La cultura de empresa empieza por el comportamiento de cada una de las personas que la componen.

Ya que todos tenemos influencia sobre las demás, gestionémosla desde la perspectiva del qué es lo mejor para el bien común, y nos deparará los mejores resultados. Basta ya de mirar hacia arriba o para los lados. Las casas se empiezan a construir por los cimientos, y no por el tejado.

 

 

Guru by Silviu Ojog from the Noun Project

Jesús Garzás

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