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Invítame a volar y enséñame a renunciar

Nadie dijo que volar fuera fácil, pensó mientras vaciaba el contenido de una lata de Red Bull en una taza de Mr. Wonderful.

No seré yo quien reniegue de esta moda de optimismos desatados, siempre es mejor una sonrisa ilusa pasajera que un ceño fruncido perenne. Pero cuando hablamos de volar a veces se nos olvida que no somos pájaros, y que para despegar los pies del suelo puede resultar útil soltar lastre.

Lastre es el sustantivo, pero el verbo es renunciar.

invitame a volar

Siempre es bueno tener en la vida alguien que te invite a volar, a saltar por encima de tus miedos y tratar de tocar el cielo aunque sea con las yemas de los dedos. Las cosas extraordinarias de la vida, los momentos memorables suceden lejos del suelo.

Invitar a soñar, compartir una visión futura que refleje nuestros deseos, es un ejercicio sano y una buena manera de conseguir un compromiso de desarrollo y crecimiento.

Invitar a volar a alguien no es sólo recomendable, es placentero. Su brillo en los ojos será tu mayor reconocimiento. Y su sonrisa acabará siendo la tuya por contagio directo.

Por tanto, ¿por qué no íbamos a hacerlo? Si la vida te coloca en esa tesitura no lo dudes, invita a volar, no te arrepentirás.

Ahora bien, y aquí llega lo complicado, volar, como la luna, tiene una cara oculta allá en lo alto. Todo cambio suele llevar implícita una renuncia de la que no nos gusta hablar tanto. Nos da pena, nos da miedo, o simplemente, consciente o inconscientemente, la ignoramos. Deslumbrados por el brillo de esa visión futura, puede resultar difícil percibir lo que sucede a nuestro lado.

Por eso se hace tan necesaria esa mano amiga que nos señale lo que está pasando. Invítame a volar, sí, pero enséñame también a lo que estoy renunciando. Ayúdame a reconocer mis valores, sí, pero también a confrontarlos. Invítame a volar, pero invítame a volar conscientemente. No me empujes al vacío desde lo alto de un acantilado. Porque si sólo te quedas en las palabras de ánimo, en nada te diferenciarás de esa taza de Mr. Wonderful que contemplas en la estantería. Amable y simpático, pero vacío.

En el entorno empresarial, hablando sobre la carrera profesional, toda persona que tenga cierta responsabilidad sobre el desarrollo de otra, debería invitar a volar. Si ni siquiera eres capaz de construir una visión de futuro que ilusione, lo tuyo no es el liderazgo.

Pero además urgen líderes que enseñen a gestionar las renuncias que conlleva todo cambio. Y cuando la falta de tiempo o la falta de confianza (derivada del rango) no permitan ejercer esta labor, es cuando se hace indispensable la figura del mentor o, en caso de no disponer de recursos internos cualificados, del coach.

No se puede llegar alto sin animar a la gente a volar. Ni se puede aguantar en el aire ignorando la gravedad. Enseñar a renunciar nos puede ayudar a mantener los pies lejos del suelo y la cabeza… sobre los hombros.

 

 

Flying by Aldric Rodríguez Iborra from the Noun Project

Jesús Garzás

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