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Los cotilleos

Recuerdo que, en un evento, hace ya muchos años, decidimos incluir un vídeo de Muchachada Nui, con leves adaptaciones a nuestra empresa, donde se hacía referencia a esta costumbre tan ancestral, tan nuestra… los cotilleos. Éxito de crítica y público, fue recibido con risas y carcajadas, y se convirtió en viral en el edificio durante algunas semanas.

La propia palabra escrita así, en modo coloquial, provoca una sonrisa. Esa es quizá su trampa, parece una práctica divertida, inocua, hasta socializadora… La realidad es que cuando deja de ser algo frugal y se convierte en un hábito, empieza a ser peligrosa. Cuando la cultura de la rumorología se apodera de una empresa, tiemblan todas sus estructuras.

Los cotilleos

No se puede negar, existe cierto deleite en poseer una información que desconocen los demás y que cuando se la cuentes hará que pongan los ojos como platos. Además, vas a arremolinar gente a tu alrededor y vas a echarte unas risas … o a generar alarma, lo mismo da. Gestionar un cotilleo te hace sentir tan importante que lo de menos es su impacto, o la fiabilidad de la fuente que te lo hizo llegar a ti. Como dicen por ahí, no dejes que la verdad te estropee una buena exclusiva. En fin, los cotilleos, como las pipas, envician.

Como en casi todo en esta vida, la clave está en encontrar la justa medida. Si además hablamos de cotilleos a nivel empresa en mi opinión, no todo el mundo tiene derecho a practicarlo por igual. Los managers tienen mayor responsabilidad, también para esto. Su deber es contrastarlos, y pararlos. En ningún caso, alimentarlos y mucho menos, sí, desgraciadamente sucede, parirlos.

Los cotilleos son como una plaga de termitas, si no se cortan a tiempo, pueden acabar con las vigas que sustentan el equipo o incluso la compañía. Bajo su aspecto inofensivo y hasta divertido, no dejan de ser una mala práctica de comunicación alejada de la trasparencia, y, normalmente, de la veracidad. Una cultura del cotilleo acaba creando malentendidos y enfrentamientos.
Precisamente ahora que estamos en la época del Big Data, donde existen algoritmos que separan el grano de la paja, es decir la información útil de la de relleno, con los cotilleos debemos de hacer lo mismo. Saber filtrarlos.

A ver, esto que estoy diciendo no es ninguna novedad, ni una práctica posterior a la revolución industrial. Uno de los primeros a los que se le atribuye el uso de estos filtros es ni más ni menos que Sócrates, que puede que no tuviera un máster en cultura empresarial (ni siquiera por la URJC) pero que de seres humanos y comportamientos algo sabía (aunque él dijera que no sabía nada).

Se le atribuye, su propio nombre lo indica, el conocido como triple filtro de Sócrates, que todo manager, y toda persona con un mínimo de prudencia debería utilizar antes de dar pábulo a un cotilleo.

Lo que predicaba es lo siguiente: Cuando alguien se acerque con intención de contarte un rumor debes enfrentarle a tres preguntas: ¿Eso que vas a contarme sabes con certeza que es cierto? ¿Es bueno? ¿Será de utilidad para mí?

La moraleja: si no es cierto, ni bueno, ni útil… ¿Para qué contarlo?

Parece sencillo, ¿verdad? Pues ahora hay que tratar de no sucumbir a nuestro espíritu de portero/a y aplicarlo en nuestra vida laboral. Hay que plantar cara al rumor, las informaciones poco fiables hay que contrastarlas antes de gestionarlas. Los “me dijo” o “escuché que” tienen que evitarse mediante diálogos a la cara. Un cotilleo puede ser una excusa perfecta para traer una conversación sana a la reunión de equipo, porque el rumor se combate con trasparencia e implicando en el debate a aquellas personas objeto del comentario ajeno.

Si tienes el ansia de inevitable de cotillear, apacíguala hablando sobre algún famoso, la familia real es un filón por ejemplo , pero evita hablar por la espalda de compañeros o de la organización porque a la larga el perjudicado de alimentar esta cultura puedes ser tú.

 

 

gossip by Gan Khoon Lay from the Noun Project

Jesús Garzás

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