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Los sueños no se persiguen…

El otoño se ha decidido por fin a mostrar sus señas de identidad, y unas gotas de lluvia golpeando el alfeizar de la ventana ponen banda sonora a mi pensamiento mientras riegan los campos, y quién sabe si también alguna de las semillas que he plantado en pos de una nueva vida profesional.

Tras esa fugaz reflexión miro hacia dentro y el cuerpo me pide escribir un artículo menos técnico, más literario, más personal. Aprovechando que en este blog siempre queremos estar en vanguardia de RRHH voy a intentar hacer un cuento, o, mejor dicho, en término de empresa, voy a utilizar la técnica del storytelling.

cazamariposas

No sé en qué momento de mi edad adulta el cinismo se me volvió inocencia, pero lo cierto es que un día no mucho tiempo atrás volví a creer que los sueños se pueden hacer realidad. Fue entonces cuando comencé a perseguirlos. Hasta ese momento, como a la mayoría de la gente, los ignoraba o como mucho les guiñaba un ojo cómplice sin abandonar el camino marcado.

Quizá eso es lo que nos da tanto miedo de los sueños, que nos sacan del camino marcado. Nos adentran en nuevos senderos jalonados de sombras desconocidas, de trampas ocultas pero también de amables aliados. Hay quién dice que son duendes mágicos, pero son personas y la magia reside en su generosidad.

Recuerdo que cuando empecé la búsqueda iba pertrechado con una red cazamariposas. Los sueños llegan tras una metamorfosis, tiene colores llamativos, belleza deslumbrante y te invitan a volar… ¿Qué mejor instrumento entonces para perseguir un sueño que una red cazamariposas?

Recuerdo muchos días en los que vagaba perdido por los nuevos senderos dando mandobles al aire con mi red, cansado a ratos, decepcionado cada vez que la noche se me echaba encima y constataba que no había logrado mi objetivo, pero durmiendo a pierna suelta y despertando con la felicidad y tranquilidad de saber que estaba en el lugar donde debía estar.

Fruto de la desorientación fueron varias las ocasiones en los que pase por delante de una casa en construcción. Allí siempre había un tipo de barba blanca que colocaba ladrillos sentado en un andamio, silbando una canción y, no sé bien cómo lo hacía, sin parar la faena y sobre todo sin cesar su silbido cada vez que pasaba me daba los buenos días y de regalo una sonrisa. Hasta que una mañana, no hace mucho, me debió ver tan cansado de correr por los senderos que además me invitó a entrar y tomar algo.

Me encantó la casa, cada detalle parecía cuidado al máximo, y hasta el aire que se respiraba parecía único y diferente al del exterior. El viejo se interesó por mis paseos red en mano.

- Joven (debía tener vista cansada), ¿qué es lo que estabas haciendo ahí afuera que te ha dejado tan exhausto?

- Persigo mis sueños – contesté con un sentimiento de orgullo tan grande que al decirlo noté como mi cuerpo se hinchaba como un globo.

Entonces el viejo comenzó a reírse a mandíbula batiente. Era una de esas risas sonoras como las que Chanquete profería ante las ocurrencias de Tito o Piraña. Y yo no sabía si dejarme contagiar por ella o si menguar por la vergüenza. Decidí hacer lo mejor que se puede hacer cuando no se sabe que hacer… escuchar.

- Disculpa mi sonrisa, pero yo también llegué a este bosque persiguiendo sueños, pero precisamente fue aquí donde descubrí que los sueños no se persiguen.

- ¿Cómo? – respondí yo asombrado ante tal osadía, mientras interiormente sopesaba la posibilidad de que fuese sólo un desvarío senil.

- Los sueños no se persiguen, los sueños se construyen. Ladrillo a ladrillo, día a día, transformando en realidad las imágenes que te empujaron a blandir un cazamariposas. Haz de tu sueño algo único, personal e intransferible. Haz. Ante todo no dejes de hacer. Con constancia, pasión e ilusión. Porque al alcanzar la meta y volver la vista atrás descubrirás que todo lo que has hecho por el camino forma ya parte de tu sueño.

Fue entonces cuando decidí cambiar el cazamariposas por los ladrillos.
Espero que esta historia no os haya parecido un ladrillo, pero lo es. Uno más para conseguir construir mi sueño.

Jesús Garzás

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