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No es lo mismo zona de confort que zona de confort-mismo

Puede que la hayamos cagado con lo de la zona de confort, reconozcámoslo. La idea que hay detrás es buena, el concepto bien explicado es casi irrebatible, pero el nombre fue un bienintencionado error.

Hablar de la zona de confort invita al sarcasmo, la sorna, el chascarrillo; incluso produce el efecto contrario al que se busca. Yo habría alcanzado mi zona de confort económica si me hubieran dado un euro cada vez que he oído: ¿para qué quiero dejar mi zona de confort si me encuentro muy a gusto en ella?

zona de confort

Rectificar no sé si es de sabios, pero sí es de sanos. Estrellarse contra un mismo muro no es bueno para la salud. Dejemos de hablar de zona de confort, hablemos de inercias tóxicas a medio o largo plazo, o, siendo menos pedantes, hablemos de conformismo, que no el mismo que confort. Por mucha retórica que usemos para vestir al confort, nos cuesta visualizarlo como un enemigo al que combatir. El quid de la cuestión es que confort es un término positivo y es difícil crear alarma o despertar dolores blandiéndolo como arma arrojadiza. Es más fácil despertar la ironía y, peor aún, la desconfianza.

Sin embargo, con el conformismo ocurre directamente lo contrario, por muy justificado que sea no deja de tener una esencia peyorativa que lo lastra. El mero hecho de conformarse implica una renuncia a un universo paralelo más deseado, porque reconozcámoslo, todos tenemos algún aspecto de nuestra vida que queremos mejorar: una relación, una aspiración profesional, el cuidado de nuestra salud…

Supongo que todo seria más sencillo si la naturaleza humana no nos invitase a mejorar constantemente, pero también sería más aburrido.

El conformismo dice: “no pasa nada, estoy muy bien así”, pero esa vocecilla que vive en nuestras cabezas nos cuenta cosas diferentes antes de ir a dormir, a veces quejumbrosa, a veces entusiasta, nos invita siempre a soñar… hasta que despertamos y la ilusión por cambiar se diluye ante los miedos que ha hecho visibles la luz del día… Toda una metáfora cargada de realidad: la zona de conformismo es ese lugar que habitamos cuando dejamos de soñar.

En la zona de conformismo te puedes encontrar mejor o peor, puedes incluso estar fenomenal a ratos, pero, de fondo, de manera constante, hay persistente picor de conciencia que solo se puede aliviar pasando a la acción.

Invitar a salir de la zona de conformismo (AKA zona de confort) es apostar por la acción consciente, con el riesgo que conlleve, en lugar de caminar por la vida a lomos de esas inercias inconscientes que nos conducen a lugares que ya conocemos. Y porque ya los conocemos, los consideramos más seguros. Una presunción que es sin duda alguna el sustento más frágil del conformismo. Porque como diría mi abuelo: “donde va el cuerpo va el peligro”, y la zona de conformismo no es un sitio más seguro que lo que hay al otro lado de sus fronteras, es solamente un sitio familiar que lleva asociado una aparente sensación de seguridad.

Apostar por la acción consciente es asumir un mayor porcentaje de responsabilidad sobre tu destino, es dar un paso en la dirección donde se encuentran tus sueños y, sí, normalmente es aceptar mayores riesgos. La zona de conformismo es por el contra, apostar por lo malo conocido, o simplemente no apostar, solo taparnos los oídos ante las voces de la conciencia y tratar de ignorar el picor que nos provoca con la mejor de las sonrisas. Y, sí, la zona de conformismo también tiene riesgo, especialmente uno que no se da fuera de sus fronteras, el riesgo de sentirse “doblemente gilipollas”.

Cuando pasas a la acción consciente, asumes un riesgo, y si el resultado no es el esperado, te puedes sentir un giliipollas… pero de fondo queda el sabor placentero de haberlo intentado.
Cuando te quedas en la zona de conformismo, en teoría asumes menos riesgo, pero el resultado también puede ser distinto al esperado, es lo que nos gusta denominar “la ironía de la vida” porque llamarlo “la consecuencia de la cobardía” seria demoledor. En este caso también te puedes sentir un gilipollas, pero encima por partida doble, por no haber intentado lo que soñabas y por haber obtenido un resultado decepcionante de todos modos.

Así que amig@s, para finalizar el artículo de hoy, que pretendía dar la vuelta a un concepto trasnochado por culpa de haber elegido el nombre equivocado, permitidme compartir tres frases-guía que resumen lo escrito y que forman parte de mi filosofía de vida: disfrutar mis zonas de confort mientas duren, cuestionar e indagar en mis zonas de conformismo y, sobre todo, asumir responsabilidades que eviten que me sienta doblemente gilipollas.

 

 

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Jesús Garzás

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