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Relatos de verano: El viejo y las estrellas

Las vacaciones se acabaron y ha llegado el momento de volver al blog. Y he pensado que mientras dure el verano tendría sentido hacerlo con una serie de posts que pudieran leerse igual en la desierta oficina agostera que en una hamaca playera.

Para empezar, he querido rescatar un cuento que me contaron en cierta ocasión, seguramente conocido por algunos de vosotros, y que me gusta utilizar al principio de algunos cursos o conferencias.

La primera vez que lo escuché me dijeron que era un relato anónimo sufí, lo que le dotaba de más misticismo. Pero luego investigué y descubrí que su autor es Loren Eiseley, lo que le dotaba de valor literario. Lo que yo traigo aquí es una adaptación libre que seguramente haría a su autor removerse de la tumba, pero que creo que no pierde el mensaje del original.

estrella de mar

Esta historia sucedió durante un amanecer veraniego en la playa de Gandía. Un joven había decidido regresar a su apartamento después de una noche de marcha caminando junto a la orilla del mar. Era ese momento justo en que las recién aparecidas luces del levante disuadían a las parejas de seguir con sus flirteos en la arena, y en la que los bañistas más madrugadores y más estresados de las vacaciones aún no habían hecho acto de presenciar para reservar con su sombrilla la primera fila frente a las olas.

De repente sucedió algo inusual por aquellos lares, miró hacía un lado y no quedaba nadie, miró hacia el otro y más de lo mismo. Se frotó los ojos y se preguntó si alguna de las sustancias que le había ofrecido aquella noche había caído accidentalmente en su copa.

Todo estaba desierto a su alrededor y el único sonido que se escuchaba era el del mar … y el de su móvil sin auriculares que solía utilizar para amenizar a los transeúntes con los mayores éxitos del reggaetón. Viendo que en aquel despoblado entorno no serviría para captar la atención de los demás, decidió apagar su teléfono. Fue entonces cuando escuchó unos pasos pesarosos a sus espaldas.
Se giró y contempló una extraña escena que debía haber pasado por alto mientras estaba ensimismado recitando las (poco) elaboradas letras de su solista latino de cabecera: Un viejo caminaba lentamente por la arena, y parecía agacharse a recoger algo del suelo. Al principio pensó que era el típico jubilado que pretende sacar partido a su insomnio con un detector de metales de los que ayudan a descubrir los eurillos que los bañistas entierran cada día involuntariamente.

Volvió a frotarse los ojos, y lo que descubrió le hizo soltar una expresión de sorpresa.

- Hosti tú, qué guapo.

La playa se hallaba poblada de estrellas que o bien debían haberse caído del cielo o, más probablemente, debían proceder del mar y haberse quedado varadas tras una repentina bajada de la marea. El viejo se encargaba de recogerlas una a una y acercarlas despacito, pasito a pasito, hasta la orilla, para depositarlas de nuevo en el mar.

El joven se percató en aquel instante de dos cosas. La primera que no podían pensar en la palabra “despacito” sin tararear mentalmente la dichosa canción, la segunda que allí debía de haber cientos, qué cientos, miles de estrellas y que a pesar de haber cateado matemáticas podía calcular fácilmente que aquel viejecillo no tendría tiempo de rescatar a todas, aunque no hiciera otra cosa durante todo el mes de agosto.

El joven debatió internamente qué hacer, y aunque su instinto le decía que debía ayudar al viejo, por coherencia con el (quizás injusto) estereotipado retrato de la juventud actual que describe esta versión del relato, y, en línea con el ejemplo de su youtuber favorito, decidió burlarse de él.

- Vieeeeeeeejo – gritó.

El anciano decidió ignorarle, no sabemos si por sabiduría o por sordera.

- Eh, vieeeeeeeeeeeeejo – repitió esta vez a un palmo de su oreja.

- ¿Puedo ayudarle, joven? – contestó el hombre mayor sin inmutarse ni detener su tarea. Si es así, dígamelo rápido que estoy ocupado.

- ¿Ocupado? ¿Pero cómo puedes ser tan pringado, viejo? ¿Acaso no te das cuenta de que ni en los pocos años que te quedan de vida serías capaz de rescatar a todas las estrellas? Lo que estás haciendo no tiene sentido

El anciano le miró con cierto desdén, e impasible siguió caminando hacía la orilla, pasito a pasito, suave, suavecito… Hasta que, despacito, arrojó la estrella que portaba en la mano al mar.

Dirigió entonces una mirada de comprensión al joven y le dijo

- ¿Qué no tiene sentido? Pregúntale a la estrella que acabo de lanzar al agua.

Algún chip debió hacer contacto en la cabeza del joven, sintió una especie de iluminación que no tenía nada que ver con el sol que ya se dejaba ver de cuerpo entero en el cielo. Sacó entonces los auriculares de su bolsillo, los conectó a su móvil, y, sin mediar palabra, se dispuso a ayudar al viejo a llevar las estrellas hasta el mar.

 

 

Y hasta aquí esta versión adaptada de este cuento clásico, para los que no lo hubieran oído nunca, espero que también les haya activado algún chip en su cabeza, y para los que sí, espero que al menos les haya sacado alguna sonrisa. Como bien me enseñó aquel viejo, no necesito que a todo el mundo que lea esta historia le haya gustado, con que os haya entretenido a alguno de vosotros podré sentirme bien por haber hecho mi pequeña contribución al universo.

Starfish by parkjisun from the Noun Project

Jesús Garzás

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