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La imponderable virtud de ser un chocamanos.

El chocamanos forma parte de los personajes que moran por tu lugar de trabajo. Su hábitat natural son las máquinas de café y las puertas de los despachos. El verbo fluye con facilidad de su boca de sonrisa Profiden. Su epidermis es más gruesa de lo normal para poder bajar en invierno a fumarse un pitillo, en el momento adecuado y sin necesidad de ir a por el abrigo, cuando intuya que hay una información importante que puede ser desvelada. Se mueve como pez en el agua en los eventos sociales, adereza los gin-tonics con frutos de la huerta y su arrolladora personalidad no suele dejar indiferente.

Sus enemigos suelen etiquetarle con calificativos despectivos a sus espaldas, más despiadados y menos políticamente correctos aún si se trata de un chocamanos de género femenino.

Podría quedarme en su superficie, deleitarme con la mofa y el chascarrillo y ganar fácilmente adeptos a este post. Lo que pasa es que desde que aprendí los beneficios de no prejuzgar (y si es posible tampoco juzgar) me resulta mucho más fácil apreciar la virtud de ser un chocamanos.

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