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La paciencia es la madre… de los cambios culturales

A la hora de pensar en el cambio, hay que tener en cuenta que las personas somos unos seres complejos, enrevesados, y contradictorios. Nada que haya que lamentar, para bien y para mal, nuestro cerebro tiene un funcionamiento harto complicado.

Así, nos encontramos que la mayoría de los seres humanos muestran inicialmente un rechazo al cambio, el cerebro se siente seguro en entorno conocido, así que esgrimimos cualquier excusa para demorarlo hasta el infinito y más allá.

Eso sí, una vez se alinean los planetas de forma correcta, y estamos convencidos y motivados (intrínseca o extrínsecamente) para cambiar, resulta que no podemos esperar. El cambio tiene que ser para ya.

Pues, “lo bueno se hace esperar”, que decía tu abuela. Y era una mujer muy sabía.

paciencia

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¿No sabes como comenzar un cambio? Empieza por romper una inercia

Qué pereza da cambiar.  Sobre todo si estás bien, pero,  lo que resulta más curioso, también cuando estás mal. Esa mirada conformista que se echa uno al espejo antes de caminar entre terrenos llenos de incertidumbre, qué tramposa es.  Unos ojos tristes, una sonrisa apagada, unos harapos pestilentes, una herida de arma blanca en el costado, y un señor de negro a tu lado con un dedo  pringoso en alto a punto de administrarte la extremaunción… y, sin embargo, te recorres con la vista y te dices a ti mismo: “Pues no estoy tan mal”.

Alguien dijo que frases como “más vale lo malo conocido” eran sabiduría popular, y ahí la empezamos a cagar.

 

gestión del cambio

 

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Relatos de verano: El viejo y las estrellas

Las vacaciones se acabaron y ha llegado el momento de volver al blog. Y he pensado que mientras dure el verano tendría sentido hacerlo con una serie de posts que pudieran leerse igual en la desierta oficina agostera que en una hamaca playera.

Para empezar, he querido rescatar un cuento que me contaron en cierta ocasión, seguramente conocido por algunos de vosotros, y que me gusta utilizar al principio de algunos cursos o conferencias.

La primera vez que lo escuché me dijeron que era un relato anónimo sufí, lo que le dotaba de más misticismo. Pero luego investigué y descubrí que su autor es Loren Eiseley, lo que le dotaba de valor literario. Lo que yo traigo aquí es una adaptación libre que seguramente haría a su autor removerse de la tumba, pero que creo que no pierde el mensaje del original.

estrella de mar

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Si quieres transformar… ¿qué quieres eliminar?

Eliminar es quizás un verbo demasiado contundente, aunque precisamente por eso le puede venir bien al título y sonar más atractivo.

El caso es que no sé si por positivismo, “buenismo”, o por alguna otra razón inconsciente cuando hablamos y, sobre todo, cuando planificamos cualquier tipo de transformación nos solemos centrar en los nuevos elementos que traerá consigo el cambio. ¿Pero qué pasa con aquellos que van a desaparecer?

transformar

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Gestión de cambio desde la empatía del ego.

Estoy de acuerdo con la frase que dice que si hay algo constante en la vida es el cambio. La mayor parte de las veces ocurre de una manera tan ligera y subrepticia, que apenas ni nos damos cuenta o simplemente preferimos ignorarlo.

Pero, ay, cuando el cambio es patente y aparece bruscamente, de repente se disparan las alarmas y el temor a lo desconocido, y con ellos aparece el instinto de supervivencia. Ese que sitúa nuestro ego en lo más alto para protegernos de lo que viene, enseñando las uñas y, si es necesario, mordiendo.

Por eso cuando hablamos de gestión del cambio, no hablamos que otra cosa que de gestión de egos en entornos de incertidumbre.

ego-gestióndelcambio

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Mentalidad del labrador para obtener una buena cosecha.

Solíamos ir al pueblo, a dormir en casa de los abuelos, durante las fiestas de guardar: Navidad, Semana Santa y feria. Algún fin de semana también y, en aquellos tiempos ya lejanos en los que veranear en la playa no era una rutina anual, recuerdo pasar largos períodos estivales allá.

La época daba igual, inevitablemente al levantarnos por la mañana mi abuelo se había marchado ya. Normalmente acudía a la hora de comer, aparecía en su bicicleta por el patio con el rostro y las manos impregnados de campo. Supongo que aquella hora de regreso era una concesión que hacía a sus nietos. Era un gran profesional, pero mejor persona.

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