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Un globo, dos globos, tres globos…

Prometo que no lo hago aposta. No hablo como Gandalf cuando estoy con mi hijo, y no trato que cada frase contenga una enseñanza… ni quiero, ni puedo.

Pero ha vuelto a pasar , un comentario dicho de manera espontánea me ha llevado a una reflexión mucho mayor. Sucedió hace un par de semanas, cuando entró en modo llanto desconsolado porque un globo se le explotó.

Dije lo primero que vino a la cabeza, que resultó ser: “Hijo, los globos son así, hay que disfrutarlos cuando están hinchados, porque tarde o temprano acaban desinflándose o explotándose…” Hice una pausa, y una conexión se produjo en mi cerebro. Entonces concluí: “… como todo en esta vida”.

Globo

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Hijo, aunque te peguen… no pegues

En los últimos meses han sucedido dos hechos que me han llevado a escribir el post de hoy. El primero me ha ocurrido varias veces, hablando con varios amigos, y a la vez padres, sobre las consignas que dan a sus hijos acerca del uso de la violencia en las aulas.

Todos ellos eran gente cabal, bien formada y bastante pacífica en su forma de entender el mundo, pero todos ellos coincidían en el mismo mensaje a la hora de preparar a sus hijos para la supervivencia en el colegio: “No hay que usar la violencia nunca, excepto si te pegan. Hijo, si te pegan, pega tú…”

El segundo hecho que me ha llevado a escribir este post es la certificación que estoy haciendo a través de LinkedIn sobre Conscious Business creada por mi admirado Fred Kofman.

no-pegues

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Lo importante no es participar, sino ganar-ganar

En los últimos meses tenía una pequeña preocupación: no me gustaba lo mal que encajaba las derrotas mi hijo. Yo, que voy de padre superguay, no tenía consciencia de haberle inoculado el virus de la competitividad, así que mi preocupación la hacía extensiva a la raza humana. ¿Es posible que traigamos este afán por ganar de serie? ¿Cómo es posible que un niño de 3 años, con toda su inocencia, se pille estos disgustazos cuando pierde aunque sea jugando a encestar piñas secas en una papelera?

Observando a los niños y niñas de su clase me di cuenta de que el mal estaba extendido, y me estaba convenciendo a mí mismo que los seres humanos tenemos este gen competitivo innato, no era una conclusión muy halagüeña, pero en cierto modo me tranquilizaba porque me exoneraba a mí de la responsabilidad como educador. Fue entonces, mientras España perdía contra Italia en el fútbol, cuando miré a mí alrededor y fui consciente de la información que como sociedad trasmitimos a las pequeñas esponjas que son nuestros hijos.

ganar-ganar

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