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¿Tu rendimiento sería mejor si tu madre estuviera en la oficina?

Todo sucedió durante una de esas reuniones de desarrollo en las que el empleado implicado parecía responder como si la cosa no fuera con él.

A la pregunta sobre qué aspiraciones profesionales tenía me respondía oralmente con un ambiguo “ser mejor trabajador” mientras sus ojos y sus gestos me decían “respirar, comer, y hacer lo justo para aguantar en mi silla hasta que la jubilación (a 30 años vista) me lleve a un sitio mejor desde el que poder ver el programa de Mariló”.

Este tipo de comportamiento me indignaba tanto, que cuando un fugaz pensamiento surrealista y divertido pasó por mi cabeza, decidí cazarlo al vuelo y sacarlo por mi boca:

- ¿Si tu madre estuviera aquí sentada junto a mí en esta mesa me darías la misma respuesta?

Cambio de postura repentina, sonrisa nerviosa, titubeos y un “probablemente no” antecedieron a una petición de cambio de la reunión a otro día para tener más tiempo para pensar.

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Desde entonces la figura imaginaria de la madre del empleado la he utilizado recurrentemente ante la aparición de comportamientos que denotan despreocupación, pereza o, en la mayoría de los casos, desidia a la hora de asumir responsabilidades.

Esta figura imaginaria representa a un tipo muy concreto de madre que abunda entre los de mi generación: esa madre de dura infancia de posguerra cuyo mayor objetivo en la vida ha sido darle a sus hijos todo lo que estaba en sus manos para facilitarles un futuro de provecho, esa madre insistente y, sí, pesada que te repetía constantemente que estudiases y a la que tus logros nunca le parecen bien del todo porque “hijo/a tú vales mucho más” o, mucho más humillante porque “el hijo/a de la vecina del tercero parecía más tonto que tú y ahí le tienes con un puestazo en una super-empresa”.

Desde luego esta figura tiene una parte entrañable y una parte menos adorable, por eso no me decidí adoptarla como una referencia en cuanto a sus valores sino por un motivo primordial: por encima de todo siempre quiere lo mejor para su hijo/a.

De hecho teniendo esta figura muy presente durante la de revisión de objetivos llegué a la conclusión de que cualquier empresa podría mejorar increíblemente sus resultados invitando a las madres reales a las reuniones de seguimiento, porque además de exigir al empleado dar mucho más de sí, reforzarían el mensaje y la autoridad del jefe, las madres de posguerra no minimizaban los comentarios de los profesores ni admitían como válida la argumentación de “me tiene manía”.

Lo más importante es que esta conclusión me llevo a una reflexión: desde que nacemos, primero los padres, luego los profesores y por último los jefes, por activa o por pasiva, por su eficiencia o por su negligencia, nos proporcionan una excusa magnífica para no asumir total responsabilidad sobre nuestras acciones, nuestras decisiones y, lo peor, sobre las consecuencias de las mismas.

Por eso mi deseo cada vez que utilizo la figura de la madre imaginaria es, primero, que ayude a sacar lo mejor de ese persona, pero, segundo y más importante, también que tome consciencia y responsabilidad sobre sus propias acciones, que el ejercicio ponga sobre la mesa sus actitudes más pueriles y le lleve a querer enmendarlas, que se dé cuenta que en algo estamos fallando como adultos sino somos capaces de ejercer total responsabilidad sobre nuestras vidas sin que la figura de nuestra madre nos lo recuerde.

Por supuesto, desde aquella reunión con la que iniciaba el post, yo decidí también que debía aplicarme la madre imaginaria, otros la llaman Pepito Grillo, otros examen de conciencia. Da igual mientras nos sirva para cuestionarnos si estamos haciéndolo lo mejor que podemos en cada momento, y nos empuje a tomar las riendas de nuestras acciones para conseguirlo. Da igual, mientras sirva para que asumamos que si hay una responsabilidad intransferible es la de perseguir sin descanso lo mejor para nosotros mismos.

Jesús Garzás

4 Comments

  1. Pues he reflexionado sobre lo que comentas, y creo que en mi caso no tendría mejor rendimiento, pero lo que sí que tendría es la mesa más ordenada, y me sentaría mucho más recta en la silla, jajaja!

  2. Jajajaja…. sí, habría efectos colaterales. Mi madre no dejaría que el chorro del aire acondicionado saliera frío o me obligaría a llevar una “rebequita”

  3. Muy interesante el artículo!
    Desde luego es una herramienta estupenda para aquellos que tengan menor disciplina y sentido del deber. Estoy segura que mejoraría la productividad de forma notable.

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