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El día en que empecé a ser mejor profesional.

A veces me gusta escribir desde un punto de vista más personal. Me produce cierto rubor no por lo que conlleva de exposición sino porque lo de ponerse a uno mismo de ejemplo puede ser signo de vanidad. Creo sinceramente que no es el caso, con mi carrera profesional en plena transformación, con un rumbo marcado en el horizonte pero sin haber alcanzo el objetivo que me he propuesto, desde luego no es tiempo de sacar pecho.

Lo quería dejar claro porque el artículo de esta semana no está basado en logros o en evaluaciones externas sino en mi propia percepción.

Después de varios cursos de liderazgo o de coaching, de diversas lecturas y de múltiples experiencias. Después de mucho escuchar, observar y reflexionar, un día descubrí un modo sencillo para ser un mejor profesional.

 

Helpfulmarco

 

Como Stephen Covey decía, trabajar con un fin en mente es fundamental. Normalmente ese fin lo ligamos al largo plazo, así hacía yo, y aunque eso podía ser suficiente para convertirme en un profesional altamente competente no me acababa de llenar. Fue entonces cuando decidí que tenía que tener también un fin en mente en el día a día.

Gracias al coaching había trabajado mi propósito de vida y gracias a la observación y a la deducción había llegado a la conclusión de que sólo cuando interactúas con otras personas puedes dejar huella. Y cuando hablo de interactuar, puede ser hablar cara a cara, por mail, por teléfono, cruzármelos en el pasillo, escucharlos en una charla, etc… Sé que suena a algo de Perogrullo pero lo realmente alucinante es que a veces no nos damos cuenta de ello. Por norma, la mayor parte de nuestro tiempo lo concentramos en las tareas que realizamos en solitario y muy poco en preparar su exposición al mundo exterior.

Una vez tuve plena consciencia de que cada interacción es una oportunidad para dejar huella, decidí que el fin en mente con el que tenía que afrontar cada jornada era conseguir que cada persona que interactuara conmigo saliera más contenta de lo que había llegado a mí. Normalmente, en un ambiente laboral, eso se consigue ejecutando correctamente la tarea bajo tu responsabilidad o tomando juiciosamente la decisión que te demandan, pero por una cuestión de prioridad o incluso de habilidad, no siempre es posible. En ese caso debería aportar otra solución, redirigir adecuadamente a quién pudiera hacerlo mejor que yo, o dedicar el tiempo necesario a dar una explicación convincente. La clave aquí consiste en ponerse en los pies del otro. ¿Qué espera de mí? Pues voy a dárselo directa o indirectamente o al menos voy a gestionar sus expectativas. La clave, que tenga la sensación de que alguien se preocupa por sus necesidades y de estar en una posición mejor que antes de haber recurrido a mí.

En la mayoría de los casos cuando esto se cumple, es perceptible, pero los que me leéis a menudo sabéis que soy amigo de medir las actitudes, de buscar indicadores que objetiven esas percepciones. Y así, decidí que el indicador de que estaba ejecutando mi propósito correctamente sería la cantidad de “gracias” que recibía. Coleccionar “gracias” me convirtió en un mejor profesional. Incluso algunos días de intensivo trabajo individual preparando una presentación, revisando presupuestos o redactando un informe, buscaba la ocasión de sujetar una puerta a alguien o de ayudar a algún compañero con las bandejas en la cafetería para recibir mi recompensa. Ni un día sin recibir un “gracias”. Con la tontería no sólo empecé a poner mi foco en las preocupaciones de los demás sino que aprendía a valorar esta palabra, y empecé también a dar las “gracias” sin racanería.

El método descrito es aparentemente sencillo pero requiere resiliencia en algunas ocasiones. Aceptar ese compromiso con uno mismo supone mantener la misma actitud positiva y de ayuda al prójimo laboral en ocasiones en las que el cuerpo no te las pide. Como cuando te enfrentas a una decisión que no compartes o cuando te llaman para comunicarte que te has quedado fuera de un proceso de selección. En esos casos es cuando es más necesario ponerte en los zapatos del otro y hacer fácil el difícil trabajo de dar malas noticias

No menos difícil, y mucho más frecuente en el entorno competitivo que vivimos, es conseguir que la persona que tienes enfrente salga contenta en reuniones en las que defendéis intereses opuestos o cuando eres tú el mensajero de las malas noticias. Para estas ocasiones conviene recordar de nuevo al maestro Covey y tratar de buscar siempre soluciones win-win, el uso del humor como metahabilidad puede ser también un buen recurso aunque hay que estar seguro de saber utilizarlo porque cuando llega a destiempo puede provocar el efecto contrario que pretende.

Ocupar el lugar del otro (empatía), dar mucho las gracias(gratitud) y conseguir que cada persona con la que interactúas se vaya más contenta de lo que estaba antes de nuestra interacción (gestión de expectativas), esa es mi sencilla (y como hemos visto, a veces compleja de llevar a cabo) receta para sentirme un profesional mejor. Aunque a veces no lo consigo, intento seguirla a rajatabla. ¿Quieres probarla?

Jesús Garzás

2 Comments

  1. Me ha encantado tu post. Coincido totalmente con lo que dices, pero me temo que muchas veces no lo pongo en práctica por estar demasiado absorta en otras preocupaciones. Me has hecho reflexionar, a partir de ahora intentaré analizar todos los días si mi actitud con los demás es siempre la que quiero que sea.

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