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Relatos de verano – El adiós a Cari y Babi

Esta historia como alguna de las películas prosiestas que emiten en las sobremesas de los fines de semana está basada en hechos reales.

Empieza cuando un niño diagnosticado con alergia al pelo de los animales decide “adoptar” un caracol para poder tener una mascota. Acaban cuando sus destinos se separan de manera voluntaria.

Es una historia sobre cómo aprender a renunciar nos ayuda a crecer.

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Miguel no podía imaginar cuando recogió a Cari, así es como decidió llamar a su mascota gasterópoda, la que estaba a punto de venirnos encima. Al poco tiempo de que su caracol fuese confinado en un táper lleno de lechuga iceberg (su preferida), el Titanic de la sociedad occidental se topó contra otro tipo de iceberg, el coronavirus, y Miguel, como todos nosotros, tuvo que ser confinado también.

Así que, en aquellas semanas de incertidumbre y reclusión, Cari proporcionó a Miguel toda la compañía y entretenimiento que un caracol puede proporcionar a un hijo único. No acudía a por un palo cuando su dueño se lo lanzaba, ni se metía en su concha cuando le gritaba “sit”, definitivamente tampoco se le daba bien traer zapatillas ni el periódico, aunque podía competir en llenarlos de babas con cualquier san bernardo. Eso sí, Cari salía a pasear casi cada noche por el brazo de Miguel, y a veces también trepaba por las paredes del salón, hasta se hacían fotos juntos como los grandes amigos que eran.

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Cuando las primeras semanas de encierro concluyeron, en aquellos paseos con límite de tiempo por el parque, Miguel decidió que sería buena idea proporcionarle compañía a Cari. Así llegaron a casa Babi, un pequeño caracol cuya soledad entre los matorrales achacó a una presunta orfandad, y Turbo el gasterópodo más rápido del lugar, si se entornaban mucho los ojos el rastro que dejaba tras de si al caminar podía parecer una estela de fuego.

Se amplió la pandilla, el táper y la variedad de juegos con las mascotas; ahora podían competir en carreras que el abusón de Turbo solía ganar.

Con la llegada del verano y los primeros atisbos de la vuelta a una normalidad que nunca sería tal, el tiempo que Miguel pasaba con sus mascotas se redujo, apenas interaccionaba con ellos para limpiar su casa y cambiar la lechuga cada dos días. Fue entonces cuando sus padres le propusieron que, aprovechando sus próximas vacaciones en las montañas asturianas, quizás sería un buen momento de liberarlos. Miguel aceptó a regañadientes.

Lo cierto es que aquel pequeño pueblo lleno de vegetación y babosas parecía el lugar ideal para convertirse en su nuevo hogar, pero a la hora de la verdad su corazón se encogió y no pudo ni quiso dejarlos marchar. Las mascotas recorrieron con el resto de la familia el interior y el litoral asturiano, pero no se quedaron a vivir allí.

Y un año entero transcurrió. Por el camino, hace unos tres meses, Turbo murió. Las causas exactas de su muerte, natural, no pudieron ser diagnosticadas al no hallarse ningún forense “caracoliano” disponible, pero aquel evento sirvió a los padres de Miguel para incidir en la necesidad de dar libertad a sus mascotas, y a él mismo para adquirir consciencia más o menos clara sobre lo beneficioso que podría ser para ellas un cambio de vida.

Una sombra infantil y posesiva, lo que viene siendo normal en un niño, se cernía sobre su decisión de liberarlos, pero cuando Miguel acomodó al táper de sus caracoles junto a él en el coche y lo amarró con el cinturón de seguridad sospechaba que aquel iba a ser su último viaje juntos.

El día señalado era el día de la excursión por el valle de Bujaruelo. Partimos del puente de San Nicolás pertrechado con mochilas, ramas de árbol convertidas en bastones… y un táper de caracoles. Iniciamos una ruta ornitológica muy fácil, y, al poco tiempo, tras cruzar un puente de metal, cuando atravesábamos una pradera preciosa llena de hierba y vegetación decidimos que aquel sería un buen lugar para dejar a vivir a Cari y a Babi.

No había un atisbo de duda en los ojos de Miguel, nos alejamos del sendero trazado para ponerlos a salvo de pies humanos y nos adentramos por una colina frondosa con el ruido del cercano riachuelo como banda sonora de aquel momento. Nos planteamos unas cuantas preguntas: ¿Seguirían Babi y Cari juntos ahora que las paredes de un táper no les obligaban a ello? ¿Sabrían alimentarse de la vegetación de la zona después de un año y medio de dieta a base de lechuga? Y, sobre todo… ¿Qué pasaría con Miguel?

El momento de la liberación de sus mascotas no podría haber sido mejor ni guionizándolo. Al salir al exterior y verse rodeados de tan frondosa y extensa vegetación, sacaron sus cuernos al sol sin temor y se dieron un banquete a costa de unas hierbas que acogieron su aterrizaje. Después, los colocamos sobre una seta para hacerles una última foto y aprovecharos para tomar un micológico aperitivo. Y como colofón a aquel esperado instante, Cari y Babi entrelazaron sus cuerpos, en lo que nosotros entendimos como un propósito de seguir su vida juntos en aquel valle, e incluso formar familia, con la consabida ventaja de que los caracoles no necesitan meterse en hipotecas para tener una casa.

Miguel estaba contento y satisfecho con el desenlace de la liberación. Era el momento de decir adiós… y entonces se rompió. La emoción contenida por aquella despedida, la decisión desinteresada tomada en contra de sus instintos más egoístas, y la pena por saber que no iba a volver a sus gasterópodos amigos estallaron en un llanto desconsolado. Un llanto sin pretensiones de apelar a la debilidad de sus progenitores para buscar una vuelta atrás, simplemente un llanto de desahogo que contó con el abrazo consolador y reparador de su madre como mayor fuente de alivio.

Las lágrimas y la pena continuaron un largo periodo de tiempo. Yo le dije a Miguel que había tomado la decisión correcta, y que había crecido dos años gracias a ella. Mi frasecita pseudo trascendente de proyecto de escritor nos dio y nos sigue dando para debate, pero más allá del postureo literario reflejaba uno de los temas que más me atraen y que suele aparecer subyacente en mis novelas: el valor de la renuncia. Estoy convencido que la vida, especialmente la vida adulta, se convierte en una sucesión de renuncias, a veces voluntarias y a veces involuntarias, que nos hacen crecer como personas y que nos van preparando para la última renuncia… la muerte. Renunciar, cuando es de manera voluntaria y altruista, nos suele hacer mejores, o como mínimo abre un mundo de posibilidades, para nosotros o para otros, que la inercia o la comodidad mal entendida suelen reprimir.

Miguel creció dos años de repente, pero sigue siendo un niño. Por eso también me decidí a escribir este relato veraniego, para que conserve para siempre el recuerdo de sus amigos, y para poneros sobre aviso de su mayor preocupación actual: Si alguna vez paseáis por el valle de Bujaruelo … vigilad vuestros pasos para no pisar a sus ya ex mascotas. Y si casualmente veis pasear dos caracoles parecidos a los de las fotos que acompañan este post… sacadles una foto y compartirla con nosotros, para tener constancia gráfica de lo que suponemos con convicción: que Cari y Babi siguen siendo felices en un bello paraje de los Pirineos.

Fotos by @carolinabatphotography

Jesús Garzás

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